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20 junio, 2005 a las 2:57 pm #284306
Academia OpositasParticipanteMuxo animo……….un saludazo……. 😉 😉 😉
EL MUCHACHO DEL LAGO
Cuentan las crónicas que finalizando ya el segundo milenio, empezó a acercarse cada tarde al Lago de los Suspiros un joven soñador que abandonaba por un breve tiempo su mundo de prados verdes y montañas tupidas de florestas y bosques mágicos, y se sentaba en una roca agreste y azulada que se volcaba hacia las aguas fueguinas del Ocaso desde la orilla del Naciente, con ojos brillantes aunque lánguidos y tocados de melancolía, y durante unos minutos, mientras el astro rey se escondía entre las tinieblas de las Montañas Grises, arrojaba al agua hermosas piedras de colores, por el placer de contemplar los círculos concéntricos que ocasionaban en la superficie cristalina. Mientras lo hacía entonaba hermosas melodías que resonaban en los valles de aquellas cimas, o contaba al aire graciosas historias, siempre tratando de arrancarle al viento una sonrisa o al anochecer un suspiro humano. Trataba de llevar cada vez mejores y más hermosas piedras porque estaba convencido de que las ondas que éstas describirían en el agua se tintarían de sus brillos y colores, y se impregnarían de las luces del anochecer. Al tiempo trataba también de entonar los cantos más hermosos, los poemas más inspirados y las gracias más ingeniosas. Estaba convencido de que aquel espectáculo que cada atardecer se creaba a su alrededor era bueno para aquel extraño mundo donde abundaban más las penas que las alegrías y la mentira imperaba por encima de la Verdad. Procuraba la felicidad de los pobladores de aquellas montañas, al mismo tiempo que la suya propia.
Su llegada diaria se fue convirtiendo en un acontecimiento atractivo para los pobladores del entorno. Y se acercaban a contemplar las maravillas del joven loco los más variopintos personajes de los bosques y llanuras vecinos. Elfos en busca de la Sabiduría Intemporal, palomas mensajeras buscando la salida, dragones de lenguas de fuego, sirenas escapadas de la Odisea Homérica, hadas de voz de terciopelo, ardillas consejeras, xanas de las siete fuentes, piratas de los siete mares, pavos reales del centro del Mundo, duendes, gaviotas de las tinieblas… incluso seres en apariencia inertes como un viejo botijo con boca de cabeza de fiera, o un anciano espantapájaros jubilado, se acercaban a diario como si la llegada del muchacho fuese un viejo ritual al que, en poco tiempo se acostumbraron. Cada atardecer, todos se arremolinaban para escuchar sus cánticos al mismo tiempo que se admiraban de las ondas multicolor que se creaban cada vez que el chico arrojaba una piedra al centro del Lago de los Suspiros. Y así transcurrían, raudos, los días. Muchacho. Cánticos. Piedras de color. Visitantes. Admiración. Día tras día. Hasta que se cumplieron cien días. Para entonces ya las diarias visitas se habían convertido en una rutina insulsa, insípida, incolora…
Entonces el chico dejó de lanzar piedras al Lago. No es que no tuviese más, no. También dejó de cantar, de recitar poemas a la Rosa de los Vientos, de tratar de arrancar una sonrisa a los témpanos de hielo de la Montaña Sagrada. Su vista quedó fija en el horizonte. Los visitantes, distraídos con sus propias historias, no repararon, los primeros días de silencio, en la ausencia del poeta loco. Pero, transcurridos algunos días, se empezaron a preguntar el motivo de su silencio. Pero fueron pocos los que se atrevieron a preguntar. En realidad, sabían bien su respuesta. Y tal vez preferían no escucharla. Pocos habían sido los que en aquellos cien días de lanzamiento de piedras, poemas al aire e historias escritas con luz de luna, habían comprendido que todo cuanto debía persistir en el Lago de los Suspiros vivía en el Castillo de Ida y Vuelta. Esos pocos supieron, ya en el primer momento del primer día del primer silencio, que el muchacho de los poemas sin sentido no dejaría de escribir para ellos, ni tampoco de lanzar sus piedras de infinitos brillos. A los pocos días, el muchacho, triste por los silencios, decidió dirigir sus cantos de forma exclusiva a los que supieron comprenderlo, a los que quisieron demostrarle en algún momento que lo estaban escuchando.
Desde entonces, iniciado ya el tercer milenio, se dice que el cantor loco creó alas, y que arrancó el vuelo, y que sus cantos se escuchan ahora en una pequeña laguna, limpia y transparente, creada en honor de sus amigos de las Siete Respuestas. En el viejo Lago de los Suspiros anida hora el Ave del Vuelo Silencioso.
Se os quiere 😛 P P P P
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